Una tarde de historias en el puerto de Algeciras

 El viento soplaba suave en el puerto de Algeciras, llevando consigo un susurro salado que hablaba de viajes lejanos y promesas de retorno. Eran las cuatro de la tarde, y el sol de diciembre pintaba los barcos con tonos dorados mientras las gaviotas sobrevolaban en círculos, esperando la llegada de algún pescador generoso.

En el mercado junto al puerto, la vida bullía. Los puestos ofrecían pescado fresco recién desembarcado: doradas, lubinas, y algún que otro atún brillante que atraía miradas curiosas. Las voces de los vendedores se mezclaban con el acento particular de la región, creando un ritmo que parecía sincronizarse con las olas golpeando el malecón.

Más allá, en la Plaza Alta, los cafés se llenaban de vecinos y turistas que buscaban un respiro bajo las sombrillas. Un grupo de jubilados jugaba al dominó, discutiendo con la pasión de siempre, mientras un guitarrista callejero tocaba una soleá que parecía encarnar el alma de Andalucía.

Desde el puerto se divisaba la silueta de África, apenas visible a través de la bruma marina. Ese contraste, entre la cercanía y la lejanía, siempre había dado a Algeciras un carácter único: un cruce de caminos donde las historias se tejían entre continentes.

Al caer la tarde, el ferry a Tánger zarpó puntual. Los pasajeros, cargados de maletas y sueños, saludaban desde la cubierta, dejando atrás una ciudad que, como siempre, los esperaba con los brazos abiertos para su próximo regreso.


Abdonour Samadi Asoufi

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